Recibimos el año nuevo en Sevilla con una velada de repertorio agradable, rítmico y audaz, con amplia presencia de tonos mayores y obras conocidas. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ha programado un Concierto de Año Nuevo que evita el convencionalismo de recurrir al sempiterno vals vienés, y, en cambio, nos ha ofrecido una serie de obras variadas, entre lo sinfónico y vocal, e interpretadas con la alegría y el desparpajo que requieren estos conciertos. Para ello, la ROSS ha contado con su director Lucas Macías, y con la magnífica soprano Chen Reiss.

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La soprano Chen Reiss
© Marc Mitchell

Chen Reiss es, sin duda, una soprano que muestra un control técnico impecable, una coloratura rigurosa y una musicalidad con muchos recursos expresivos; cualidades que hacen de ella una presencia sólida y confiable para cualquier repertorio: en este concierto, de hecho, se movió con igual soltura en obras de distintos estilos y compositores distantes, recibiendo una acogida intensa y homogénea. Se mostró particularmente hábil en el Exultate jubilate de Mozart, delineando junto a la orquesta una articulación pareja y un fraseo uniforme. Sus líneas se distribuyeron con soltura en el terreno del contraste, rítmicamente, y en constante diálogo con una orquesta que supo hacer del acompañamiento un comentarista necesario del texto y del afecto. Por su parte, consiguió Macías dotar a la música de Mozart de ese carácter a caballo entre medido y espontáneo que es tan característico del compositor, más aún en obras de de corte alegre, donde es fácil caer en el simple regocijo sonoro. Posteriormente, volvería a intervenir Chen Reiss, resultando inolvidable su interpretación de la Giuditta, de Franz Léhar, donde ofreció una clase magistral de sensualidad controlada y brillo vocal, proponiendo en su aria un final radiante y equilibrado.

El concierto, como hemos dicho, un recital de piezas bien conocidas, había comenzado con la Obertura de La gazza ladra, con un tempo muy vivo de inicio, que le produjo algunos contratiempos a las trompas y a la estructura del conjunto; pero al poco resolvió la formación el problema a través de un pulso firme, muy bien marcado, convirtiéndose en un elemento perceptible y principal durante el resto de la función. Es así que podríamos apuntar la estabilidad del ritmo como uno de los valores más visibles en el conjunto del programa. Tal vez la muestra más evidente se mostró en la alegre interpretación del Vals de las flores, hábil en el contraste y en el equilibrio orquestal, y propicia para el lucimiento de la arpista Daniela Iolkicheva. No le faltó colorido y ritmo a una obra muy esperada, que fue largamente aplaudida.

También lo fue, como obertura de la segunda parte, la brillante Danza húngara núm. 5, de Brahms, siempre tan inquietante en las medidas y en los ritmos; y, como colofón, el archiconocido Danubio azul, que la asistencia quiso, tímidamente, acompasar. Era de esperar el deseo participativo, toda vez que todo el concierto se resolvía de forma festiva y desenfadada, y por ello nos ofreció la orquesta una versión de la Marcha Radetzky, interpretada a medias entre la orquesta y el público, felizmente dirigido por un efusivo Lucas Macías. Con esta fantástica pieza puso la Real Orquesta punto y final al particular concierto de año nuevo sevillano, en su no menos singular Teatro de la Maestranza.

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