Dima Slobodeniouk retornó a la temporada de su Sinfónica de Galicia con un didáctico programa formado por tres obras pertenecientes cada una de ellas a siglos distintos e interpretadas por orden cronológico. Como aliciente, que sin duda contribuyó al casi lleno en la sala, se contó con la presencia de la violinista Baiba Skride, la cual en pocos meses acompañará a Slobodeniouk en su debut en la temporada de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

La Sorpresa es probablemente la más popular entre las doce sinfonías londinenses, las cuales están siendo abordadas en su totalidad por la orquesta en las últimas temporadas. La introducción constituyó una perfecta muestra de la versatilidad con la que el titular de la OSG aborda de forma convincente, nunca rutinaria, música de todas las épocas y estilos. Así, ya desde el mismísimo Adagio inicial fue reveladora la sutileza con la que construyó el incipiente dialogo entre el cantabile de las maderas y la sombría melodía de las cuerdas. La forma en la que, jugando con el fraseo y el tiempo, condujo a los músicos a que llevasen a cabo su idea musical fue clave para que este Adagio se convirtiese en un interrogante musical que enganchó al público mínimamente atento. Cuando se inició la transición al vivace ¡con la obra apenas iniciada! Estaba claro que no iba a ser una interpretación más.

La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk
La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk

La genial música de Haydn, rebosante en inventiva y sorpresas (nunca mejor dicho) puso el resto. Cuando alguno podría pensar que la exposición no irá más allá de su chispeante primer tema, Haydn introduce inesperadamente un pasaje de dramatismo schubertiano. A su vez, cuando tras este parece que el discurso retorna a la ya consabida exposición, Haydn se saca de la manga un inesperado tercer tema. No es de extrañar que en las manos de Slobodeniouk estos seis minutos de música fuesen un fructífero filón de ideas, no muy alejadas de las que nos depara un movimiento brahmsiano o incluso mahleriano. Lo más difícil ya estaba hecho y al oyente sólo le quedó recrearse en la belleza del Andante -con su famoso truco percusivo que como era de esperar fue tratado con moderación por Slobodeniouk-, en la gentileza de un Minueto lleno de carácter y vitalidad, y emocionarse con un efusivo Allegro que se convirtió en una exhibición de músculo y precisión orquestal. Su grandiosa coda, a pesar de un pequeño desliz, fue impactante.

Tras esta lección de versatilidad, en el Concierto de Tchaikovsky el protagonismo gravitó en torno a la violinista Baiba Skride. Una artista precoz que hoy por hoy ha alcanzado una madurez que le permite abordar esta obra desde una gran coherencia, compatible con un virtuosismo y un ímpetu juvenil envidiable. Si hubiera que destacar un aspecto concreto en una lectura tan cohesionada, me decantaría por la pureza y calidez de su sonido, muy especialmente en el evocador y aterciopelado Andante. Sorprendió igualmente en el primer movimiento la mesura de su fraseo, huyendo de concepciones más habituales en las que cada frase es trazada con un corazón en el puño. Fue una lectura eminentemente lírica y sensual, relativamente atípica en la obra. El acompañamiento orquestal estuvo en plena sintonía con la solista, reemplazando al dramatismo habitual, con una discreción proverbial. Slobodeniouk consiguió asimismo un adecuado balance entre la solista y la orquesta.

La violinista Baiba Skride © Marco Borggreve
La violinista Baiba Skride
© Marco Borggreve

La segunda parte fue tan breve como intensa, cerrándose este instructivo periplo por tres siglos de música con una impactante y exigente obra, por desgracia menos frecuente en las salas de conciertos de lo que nos gustaría: la Música para cuerdas, percusión y celesta de Bartók. Todo un reto para las secciones homónimas de la orquesta.

Las texturas adimensionales que abren la obra brillaron con una claridad diáfana en el inicio del “inquietante” Andante tranquillo. Las cuerdas lucieron ese fenomenal estado de forma que tantas veces hemos comentado últimamente. Sobre ellas, los estratosféricos arpegios de la celesta cerraron el movimiento acentuando todo el misterio y ansiedad de esta música. En el Allegro vibrante, el dialogo entre las dos secciones de cuerdas, fue enriquecido por la adecuada separación en el escenario. Con los glissandi de los timbales y el “fibonacciano” ritmo del xilofón el Adagio, fue especialmente exigente para la percusión. Slobodeniouk acentuó al máximo los contrastes dinámicos y retuvo el tiempo para multiplicar la sensación de ansiedad. Finalmente, en el Allegro molto en aras de la claridad, desplegó un cierto control del ritmo, pero esto no mermó en lo más mínimo el carácter atávico de esta música.

Tres magníficas obras, estéticamente dispares, en las que Slobodeniouk puso en juego los mismos ingredientes: su capacidad de hacer respirar la música.

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