La Orquesta Nacional de España saca toda la plantilla al escenario. Normal que nadie quiera perderse el estreno de una nueva sinfonía de Jesús Rueda. Un nombre que en los últimos años ha trascendido incluso más allá de los circuitos de la música contemporánea, y es que, desde 2017, año en el que estrenó su Sinfonía núm. 4 “July”, este compositor ha estrenado varias obras con notable éxito como su Cuarteto de cuerda núm. 4 “Still life” interpretado por primera vez en 2019 por el Cuarteto Gerhard durante su estancia como compositor residente del CNDM o su obra sinfónica Stairscape, también estrenada en 2019 de la mano del maestro Nagano nada menos.

David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín | Orquesta Nacional de España
David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | Orquesta Nacional de España

Esta quinta sinfonía, que recibe el título de Naufragios tiene algo de programática, como bien explica Belen Pérez Castillo en unas detalladas notas al programa: “surge de la crónica de un periplo: los Naufragios (1542) de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, tras el hundimiento de la Armada de La Florida, protagonizó una apasionante historia de supervivencia”. Claro que es un programatismo alejado de aquel del siglo XIX, más parecido quizás al de Debussy que al de Berlioz, ya que es difícil encontrar un significado prístino dentro de esta fantástica sinfonía. Escrita con una técnica que recuerda mucho a su anterior “July”, vemos en el primer movimiento un claro interés por crear en la cuerda una base armónica, un continuum sonoro generado a partir de pequeños elementos. Sobre estos “océanos” musicales destacan la percusión –especialmente vibráfono y bombo– y el piano. El segundo movimiento recuerda a un scherzo y cobran protagonismo las voces solistas que interpretan pasajes que van fluyendo de las maderas al vibráfono, de este a las trompetas, luego al piano... un recurso compositivo muy común, pero que Rueda hace excepcional al escribirlos de forma que las transiciones entre timbres son completamente orgánicas, sin ningún tipo de exabrupto. Llegamos así al De Profundis, un tercer movimiento en el que de nuevo volveremos a la sonoridad de conjunto y en el que un ostinato rítmico es capaz de sumir al oyente, en palabras del propio Rueda, “en un mundo onírico”. Está claro que el objetivo está logrado con un éxito notable. El cuarto y último movimiento es, sin duda, el más brillante de todos. El sonido de la caja y el vertiginoso ritmo de las cuerdas pueden recordarnos a Shostakovich, sin embargo, la satírica calma en mitad del movimiento, ¿no mira acaso a Mahler? Al fin y al cabo, esta es una sinfonía que, al igual que las del soviético o el austríaco, está dotada de una grandeza que, si bien en ocasiones está contenida, aspira a salir en todo su esplendor en una apoteosis final.

No hubiera sido posible, sin embargo, esta muestra del gran talento de Jesús Rueda sin las manos de David Afkham quien realizó una dirección excelente, muy clara y precisa. Lo que denota una gran preparación de esta obra, complicada especialmente en los momentos en que la cohesión de las cuerdas es imprescindible para su correcto discurrir. Como pequeña pega señalaría que quizás contuvo demasiado la potencia de la orquesta en el primer movimiento, lo que sólo se puede justificar con no querer mostrar todo el potencial de la ONE hasta el último momento. Sin embargo, Rueda tuvo suerte con Afkham y, al margen de estas pequeñas cuestiones, podemos calificar el estreno de exitoso.

El director alemán ejerció una dirección similar en la segunda parte: técnicamente perfecta, que nos permitió disfrutar de los ingeniosos juegos tímbricos del Métaboles de Dutilleux. Destacó más, sin embargo, El mandarín maravilloso de Bartók en el que varios de los solistas de la ONE tuvieron la capacidad de lucirse. Los más sobresalientes fueron el clarinete y el trombón, a quienes Afkham no dudó en levantar durante los aplausos. También tuvieron su protagonismo la percusión y el resto de los metales, que permitieron disfrutar a la audiencia de un ritmo eléctrico con notables influencias del jazz.

El público aplaudió a rabiar, y sí, esto se debe decir y recalcar, para todos aquellos programadores –cada vez menos– que reniegan de lo moderno y lo actual escudándose en el gusto de los espectadores, quienes, en esta ocasión, qudaron más que satisfechos con el excelente repaso a la modernidad que supuso este concierto de nuestra Orquesta Nacional.

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