El título del programa, "Desviaciones barrocas"sugería un recorrido lateral, insinuado en relación con ciertas formas musicales del Barroco, sin que ninguna de las obras en programa lo fueran, y de hecho, sin que guardaran ninguna vinculación directa entre ellas. Era la advertencia de un hilo invisible que unía obras aparentemente alejadas por lenguaje y concepción y que se fue tejiendo según avanzaba la tarde. 

David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

Abría el concierto un estreno absoluto, encargo de la propria Orquesta Nacional de EspañaStilleben mit Orchester de la sevillana Elena Mendoza. Una obra de unos 15 minutos de duración en la que el conjunto orquestal se enriquecía con objetos cotidianos cuales copas, jarras de metal y botellas vacías. Este elemento hace que la interpretación se concentre en las sonoridades, así como en una cierta gestualidad, más visual que sonora. Sin embargo, la forma en la que Mendoza construye la obra tiene mucho del gusto barroco por la reiteración, la transposición de motivos en distintos registros o el énfasis claroscural. Todo ello en el contexto de una estética vanguardista, pero reconocible de forma evidente. Se trata de una pieza interesante que enriquece el repertorio contemporáneo y que muestra los esfuerzos de la ONE por consolidar la producción actual en sus ciclos. La dirección de Afkham, lejos de la exuberancia de otros repertorios, fue atenta y medida, cuidando ante todo el orden expositivo y dejando translucir la estructura de los diversos cuadros. Una elección acertada, siempre que se trate de presentar una obra por primera vez, donde lo importante no es tanto ser original, sino cumplidor para con la partitura. 

Seguía el Concierto para violín núm. 1, op. 77 de Shostakovich a cargo de la violinista Karen Gomyo: es un concierto complejo con dos almas contrapuestas y que requiere, además de dotes técnicas notables, de un sentido musical sutil en la construcción de los movimientos lentos. Gomyo tiene un sonido decidido y bastante amplio, no es especialmente álgido, y se toma sus riesgos apostando por una presencia marcada del registro más bajo. Este enfoque hizo que el movimiento inicial careciese de cierta expresividad, donde la orquesta tampoco recreó como debería esa atmósfera lunar, resultando, hasta bien entrado el movimiento, poco fluida la interacción entre solista y orquesta, y algo desvertebrado. Sin embargo, el sucesivo Scherzo fue mucho más brillante destacando ese alma dionisiaca y macabra del compositor soviético con una integración entre violinista y conjunto instrumental mucho más lograda. En la Passacaglia, momento cenital de la obra, Gomyo fue expresiva, limando algunas asperezas precedentes y cumpliendo esa transfiguración que Shostakovich hace de la forma barroca con un buen soporte de Afkham desde el podio. Pero lo más logrado fue sin duda la exigente cadenza que cumple la transición hacia el movimiento conclusivo. Ahí Gomyo brilló en agilidad, dominio de las dobles cuerdas, conciliando la inquietud del fraseo con un sentido del ritmo bien centrado. Así mismo la Burlesque final heredó esa pujanza que ya venía de la cadenza y construyó un movimiento sin fisuras, áspero y grotesco, que arrancó numerosas ovaciones de la sala. 

La violinista Karen Gomyo junto a la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

Tras el descanso, la ONE acometió la Sinfonía núm. 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, obra antológica del repertorio sinfónico romántico y en la que el compositor alemán llevaba a cabo su lectura de la forma barroca de la passacaglia, en el último movimiento. El comienzo fue empero de sonoridad más bien liviana y tiempo ágil, destacando las filigranas entre las partes solistas; sin embargo, según avanzaba el desarrollo, Afkham imprimió robustez y un empaste más compacto hasta llegar a una conclusión del movimiento de inconfundible plenitud tardorromántica. En estos casos, lo que tal vez le falte aún a la ONE sea la capacidad de dar más redondez tímbrica en los momentos de mayor intensidad dinámica. Aun así, la construcción de todos los movimientos fue sólida, coherente en el criterio de los tempi y las dinámicas, con una ejecución enérgica y entusiasta, pero sin excesos, en la que se primaron ante todo la nitidez de la estructura (especialmente en el movimiento final) y las aportaciones de cada sección. 

Las desviaciones barrocas fueron sorpresivas y dieron lugar a un concierto de muy buen nivel, como al que nos tienen cada vez más acostumbrados Afkham y la ONE, descubriendo también una solista solvente como Karen Gomyo y apostando por la renovación del repertorio con obras como la de Elena Mendoza. 

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