El espectáculo My Favorite Things creado por el ensemble Il pomo d’oro y la mezzosoprano Joyce DiDonato, ha sido cancelado desde el pasado mayo en casi una docena de auditorios europeos y estadounidenses. En Valencia fue aplazado hasta que la crisis sanitaria estuviese más controlada que entonces, de modo que ha resultado ser un bálsamo ante tan gran condicionante. Por otra parte, la conjunción de dichos intérpretes es uno de los revulsivos más interesantes que ha vivido la corriente historicista en los últimos años; juntos ofrecieron una disertación sumamente didáctica sobre el barroco musical.

En general, el concierto tuvo un carácter lenitivo, acorde con el planteamiento de una temporada que invita a reflexionar sobre la capacidad de resiliencia del ser humano. Los componentes que contribuyeron a forjar dicha condición fueron una idea, escondida tras un título aparentemente naif, la distribución del programa y la actitud de los intérpretes. Así, DiDonato, cual Julie Andrews en la película The Sound of Music, fue desgranando en forma de arias y canciones algunos de aquellos momentos, objetos, dulces y mascotas que a cada cual le podrían resultar más agradables para paliar lo fastidioso de la coyuntura. Toda una lección de educación emocional.

Joyce DiDonato y el conjunto Il pomo d'oro
© Miguel Lorenzo | Les Arts

La disposición de los títulos nos condujo del pathos del aria “Addio Roma”, que canta Octavia en L’incoronazione di Poppea, a la esperanzadora “Dopo notte, atra e funesta”, de una Ariodante que se aferra a la vida (algo de luz parece atisbarse con el anuncio del inicio de las vacunaciones). En la propina, por si este tránsito no hubiese quedado claro, la mezzo explicitó que el aria que mejor simboliza la rabia que siente ante la pandemia es “Crude furie degli orridi abissi”, del Serse handeliano. En el apartado instrumental encontramos otro tanto. La velada comenzó con la severidad de la Sinfonia grave a cinque voci, de Rossi, muy bien respirada por el director y organista, Francesco Corti, y concluyó con tres vibrantes danzas de Rameau y la brevísima y pasajera “Orage” (tormenta) de Les Indes galantes.

Si las reminiscencias coltranianas del título invitaban a pensar en otra cita en la que jazz y barroco se darían la mano (recordemos que John Coltrane convirtió el tema creado por Rodgers y Hammerstein en estándar y DiDonato abordó este asunto en el disco Songplay), lo que encontramos fue una presentación pedagógica del desarrollo de la ópera barroca.

La primera parte tenía por epígrafe “Gli antichi” y contuvo páginas de Monteverdi, Cesti y Dowland, entre otros. Temas en los que la solista priorizó sin artificio la expresión de los afectos (las emociones posmodernas) y “el canto por el canto”. En general, hizo fluctuar su sonido entre volúmenes en pianísimo y en forte sin perder nunca la consistencia. Su habilidad en proyectarlo facilitó que llegara a cualquier rincón de la sala con suma claridad. Incluso cuando el caudal era apenas un hilillo. Y, por ejemplo, en la canción monódica isabelina Come again, sweet love se explayó en el fraseo, al ser acompañada por la tiorba.

La segunda parte estuvo dedicada a “I moderni”, es decir, al barroco maduro o tardío representado por Hasse, Händel y Rameau. En ella se pudo apreciar, en lo constructivo, la concatenación del recitativo y el aria (“Piangeró la sorte mia”, del Giulio Cesare de Händel), el protagonismo de la coloratura en la parte vocal y del claroscuro en la instrumental. La cantante articuló con nitidez, dijo los trinos con gusto y las agilidades sin fútil exhibicionismo. También mostró una tímbrica más rica que la anterior, al igual que la de la orquesta. Esta apareció más nutrida y variada al doblar las cuerdas e incorporar oboes y flautas en la sección melódica. Además, un fagot, con intervenciones loables, reforzó el bajo continuo. Un elemento que prolongó la estética de una etapa en la siguiente, cuya transición fue ilustrada con la precisa agrupación de los instrumentistas según su función en el escenario.

Para concluir, Joyce DiDonato agradeció al público el esfuerzo de llevar la mascarilla y cumplir con las demás restricciones. Este correspondió con una cálida ovación a su cercanía, expresividad y brillantez. La americana se despidió con una primorosa versión de Stille Nacht, punteada por varios músicos de Il pomo d’oro. Consiguieron, por un momento, que sintiérmos la ilusión de que esta Navidad sería como las demás.

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