“Tatyana dear, with you I’m weeping / […], you’re condemned to perish / but first, the dreams that hope can cherish / evoke for you a sombre bliss […] You drink the magic draught of yearning / […] and in your mind […] find shelter for trysts.” (Pushkin)

Los versos de Pushkin bien tienen más de 200 años, pero los románticos todavía soñamos como Tatyana. La mayoría conoce bien la historia de amor de Tatyana y Eugene Onegin a través de la ópera de Tchaikovsky, o de la adaptación de la novela para la pantalla. Me pregunto por qué nadie antes que Cranko ha coreografiado el ballet, dado el potencial dramático que ofrece a través de sus cuatro personajes principales: el impeutoso y brusco demeanour de Onegin, la pasión de Lensky, el joie de vivre de Olga y la naturaleza romántica y reservada de Tatyana, ideales para escenificar brillantes danzas. Pero como no viene dado como representar el carácter psicológico de los personajes en el escanrio, Cranko ha hecho inevitables elecciones.

Representar los deseos más íntimos de Tatyana y su moralidad en una permeable batalla de poder, es quizá lo más conseguido. Otra, elegir la música de Tchaikovsky, aunque no se ha utilizado ni una solo nota de la partitura de la ópera. En su lugar, algunas de las composiciones menos conocidas del compositor, como Las estaciones, fueron arregladas y orquestadas por Kurt-Heinz Stolze.

Ya fuera en la ternura de sus motivos más ligeros que aparecen para marcar la presencia de Tatyana, o en la expansiva redondez de los momentos orquestales más llenos, la compilación musical daba un sutil soporte al ballet.

Los diseños armoniosos (a cargo de Jürgen Rose) muestran un entorno bucólico tal y como en Chejov (The Cherry Orchard), naturaleza exuberante y una alegre aldea a la sombra de un castillo artistócratico. La forma contemplativa de la escena no sugiere el terrible destino (mietras que en el de Chejvo es central), pero una sensación de inminente drama está presente.

Mientras que Tatyana (Marianela Núñez) una romántica empedernida, devora literarura para satisfacer su corazón sediento de amor, Olga (Akana Takada) su hermana pequeña, es una muchacha alegre que sabe que sus encantos no dejan indiferentes a los hombres, y al que menos, a su vecino, el apasionado poeta Lensky (Vadim Muntagirov). En este día, Lensky trae consigo a un amigo, el noble Onegin (Thiago Soares). Tatyana se enamora de Onegin, tan pronto como posa los ojos en él. Sus pasos son más rápidos, sus hombor algo tímidos, y sus bourrés alrededor de él, en tanto que dulces, algo mareadas. En un cándido y -naïve- arranque de deseo juvenil, le declara su amor en una carta. No siendo correspondido, sus sentimientos pasan de estar floreciendo a consumirla, y el rechazo de Onegin es violento, altivo y desdeñoso. Este empieza flirtear con Olga, lo que no solo aumenta aún más el dolor y la soledad de Tatyana, sino que provoca a Lensky. Los hombres se baten en duelo de lo que resulta la muerte del poeta. El arrepentimento llega, para el personaje que da título a la obra, por el cual he tratado de mostrar simparía a lo largo de los dos primeros actos. En el tercero implora a Tatyana, ahora una noble casada con el principe Gremin. Tras un desgarrador pas de deux, ella, a pesar de los desbordados tremores de su corazón, resiste, y rechaza a Onegin, quedando los dos, al igual que yp, con el corazón roto.

Los dos personajes prinpicales atraviesan una yuxtaposicion, más que una transformacion en el escenario entre, su juventud en los actos I y II y su edad adulta en el acto III. Thiago Soares, como Onegin, da a su papel y la cantidad justa de constrcción. Técnicamente es muy limpio, muy musical y un gran actor. Su carisma se ve contrarestado por un elocuente, grandioso y elegante Lensky, en Vadim Muntagirov, cuyo aurea decidimante llena no solo el eescenario sino todo el teatro entero. Muntagirov representó la intricada variación del segundo acto de Lensky con facilidad, precisión y excelente técnica, y solo puedo lamentar la coreografía -solo aquí, y por un breve momento- ya que me quedé con ganas de más tras el muy rápido duelo.

Anna Takkada estuvo cálida como Olga, y su elegante port de bras, ligero ballon and limpia batterie, da al personaje frescura y brillo. Pero Olga también flirtea, con más evidencia cuando baila con un provocador Onegin, poniendo a prueba la atracción de Lensky, y un juego más festivo, y sexy hubiera sido interesante.

Y ahí estaba Marianela Núñez. La argentina es una de las artistas con más talento que he visto en los escenarios en los últimos años. Los roles románticos le encajan especialmente bien, que siempre los borda con humildad, finura, y evidentemente con el corazón abierto. Como Tatyana está sencillamente divina. En los espacios públicos se muestra tímida y frágil al principio, luego una tierna y entragada esposa (en un firme pas de deux con Ryoichi Hirano como Prince Gremin). Aunque el carácter más profundo, vivo, amoroso y apasionado, es en la escena de la carta y en el baile final con Soares, que Núñez más excelente. Esos son también los mejores momentos de la coreografía de Cranko.

Soares dirige la secuencia del sueño, en la que Tatyana es tranportada a las delicias del amor, la espalda de Núñez cede y se arquea sobre sus acogedores brazos, su corazón y su cuerpos son tranpostados a una agitación que ve Tatyana en sus más salvaje o quiza más dulces sueños. En un efecto de espejo, ella tiene su mano elevada en el final del pas de deux, donde finalmete me rendí a Onegin. Todo está en la encantadora interpretación de Soares y la sencilla y suave coreografía de Cranko. Los brazos que rodean a Tatyana nunca la tocan, y el homnre en sus rodillas, nunca detiene a la mujer en su alejamiento, pero aún así consigue retenerla más tiempo y ambos gozan en los brazos de Cupido en lo que todos sabemos es un idílico, y demasiado breve, momento que hace que el delicioso veneno del amor sepa terriblemente amargo.

Con una pareja tan excelsa encabezando el drama, el Onegin de Cranko es, indiscutiblemente, un éxito.

Traducido por Katia de Miguel

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