"Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal". Esta es la definición que Tomás de Aquino da de los pecados capitales: vicios cuya intensidad llevan a otros y en última instancia a la distorsión de la verdad. El planteamiento de la obra de Ibsen, Un enemigo del pueblo, y que la dramaturgia de Àlex Rigola refleja fielmente en el libreto de la ópera de Francisco Coll, nos lleva de lo aparentemente palmaria que debería ser la verdad hasta su ocultamiento y abandono, a causa, claro está, de un pecado capital: la avaricia.
El texto de Ibsen habla de por qué abandonamos la verdad y muestra cómo la dimensión social amplifica una cuestión teológica hasta la posibilidad de quebrar el hecho mismo que caracteriza a la verdad, a saber, que es única, y conducirnos a la postverdad. Como se puede ver, el drama de Ibsen es de candente actualidad, por lo que la creación de una ópera contemporánea se acomoda de manera muy natural.
Rigola adapta el texto sin cambios en lo sustancial, manteniendo una unidad temporal, con un lenguaje casi periodístico en ciertos pasajes, de hiriente realismo (empresas de licitación, permisos de obra, etc…) y con una caracterización de los personajes, si bien algo arquetípica, eficaz. En el fondo, el drama de Ibsen funciona como una alegoría: los personajes encarnan virtudes y defectos y chocan dialécticamente entre ellos. La evolución mejor lograda es la del doctor Stockmann que frente a la negativa popular de aceptar la verdad, se decide por cuestionar la bondad de la democracia, resultando así un personaje con claroscuro. Desde un punto de vista escénico, Rigola apuesta por un cuadro único con unas dunas que aprovechan la profundidad del escenario, y permiten crear icónicas siluetas al horizonte, constituido a su vez por un fondo proyectado con cielo y mar. Pero los cambios acontecen principalmente gracias a una iluminación muy cuidada, y que bien refleja ese ocaso de la verdad y acompaña las tensiones de los personajes.

La música de Coll era, desde luego, uno de los principales reclamos de esta producción. La escritura vocal es compleja, instalada en un registro a menudo sobreagudo, prosódica y funcional a la unidad formal dramática. No está exenta de lirismo, como en el aria de Petra del primer acto, y sobre todo en el segundo acto donde las combinaciones entre las voces solistas y un magistral coro dieron vida a texturas y resonancias muy logradas, así como en el final de la ópera, en el que la desolación invade a Stockmann y Petra, y la escritura vocal abandona el nervio para instalarse en el recogimiento. Es empero la orquesta la protagonista en la música del compositor valenciano: una valiente y radical transfiguración de la cultura musical española a través de ritmos de baile como el pasodoble, las escalas andaluzas o el sonido de las bandas. Todo ello está en la partitura de Coll pero con un grado de refinamiento y cohesión estructural que en ningún momento suena como mero tributo postizo, sino como profunda compenetración con la materia dramática. La gravedad nórdica de Ibsen, paradójicamente, se exalta con la espontaneidad mediterránea, donde justamente esa dimensión visceral de la masa hace que la inevitabilidad fatal sea aún mayor. Y Coll lo refleja en la música con esas danzas donde se altera levemente la figuración rítmica tradicional, ese artesonado grandilocuente que bien plasma el carácter de personajes como el Alcalde.
En cuanto a la ejecución fue exigente tanto para cantantes como para la orquesta: entre los primeros cabe destacar el aplomo de José Antonio López, la versatilidad de Brenda Rae y el desempeño especialmente dramático de Moisés Marín. Karlsen dirigió desde el foso con energía, gesto claro, resaltando estentóreamente el tejido sinfónico de la partitura de Coll, a lo que la Orquesta Titular del Teatro Real, respondió conjugando disciplina y regocijo.
¿Para qué la verdad en tiempos de miseria?, parafraseando a Hölderlin, Enemigo del pueblo reflexiona al fin y al cabo sobre la manipulación de las masas, sobre los miedos a esa miseria que puede traer la verdad, pero también sobre el cinismo de saber la verdad y querer ocultarla. La música de Coll invita a una segunda lectura y escucha porque de todo ello nos vamos dando cuenta según transcurre la obra, descubriendo significados que no son evidentes en primer término, lo que muestra el calado y la huella que esta nueva producción conjunta entre Les Arts y el Teatro Real puede llegar a alcanzar.

