Con unas obras escritas en un arco relativamente corto de años, que comparten riqueza melódica, lirismo, incluso exuberancia, volvía a Ibermúsica la Bamberger Symphoniker con su director titular Jakub Hrůša y la chelista Sol Gabetta. El programa, luminoso, lírico y optimista, sirvió para hacer gala de un sonido generoso, estentóreo y pulsante con Smetana, Elgar y Dvořák.

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© Marian Lenhard

La velada se abría con la obertura de Las dos viudas de Smetana que dio la atmosfera no solamente del repertorio, sino también del enfoque principalmente desenfadado de la formación alemana. Con una cuerda bien empastada, de baricentro bajo, Hrůša buscó al mismo tiempo la brillantez y frescura del viento madera, encadenando con vigor los pasajes. A continuación hizo su ingreso Sol Gabetta para ejecutar uno de los conciertos para el instrumento más célebres como es el de Elgar. El comienzo fue medido, sin forzar el registro más arrebatador, también a causa de un volumen no especialmente ancho, que conllevó algunos problemas de equilibrio a lo largo de la obra. Gabetta destacó, en este primer movimiento, más bien por su lirismo meditativo, con un sonido realmente redondo y aterciopelado, añejo en el registro bajo. 

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© Marian Lenhard

En las secciones más animadas, Hrůša llevó la obra del británico al espíritu eslavo de las obras que lo rodeaban en el programa con un carácter juguetón y elegante, al que Gabetta respondió con notables cualidades en términos de digitación y agilidad, demostrando la gran gama de registros que el chelo posee. Pero el momento álgido realmente fue el Adagio, en el que se encontró el punto de equilibrio entre solista y orquesta, logrando un empaste tímbrico de inmarcesible tersura, a la vez que una sopesada articulación en el fraseo y en las dinámicas, constituyendo el fulcro de la obra. Seguramente se trató del momento más redondo y memorable de la visita de la chelista argentina.

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© Marian Lenhard

Tras el descanso, Hrůša propuso una de las sinfonías del compositor checo que no suele ser interpretadas con frecuencia, la Sinfonía núm. 5. Es una obra juvenil, pero que marca ya esa síntesis entre las fuentes populares checas y la atención por la forma de su admirado Brahms. Y sobre todo es una obra enérgica, escrita en un rotundo Fa mayor, que bien se prestó a las características de la Bamberger Symphoniker y su director. Desde el primer movimiento pudimos apreciar el empuje en la construcción de la frase, siempre con una plenitud de sonido y dinámicas generosas, pero sin perder un ápice de redondez en el equilibrio tímbrico. La articulación de los planos sonoros se distribuyó bien entre secciones: por un lado, una cuerda que constituyó el corazón de la narración –algo que pudimos apreciar en el Andante con moto, con sus reminiscencias beethovenianas–, al mismo tiempo que el viento madera nunca perdió protagonismo, y un metal que fue capaz no solo de destellos, sino también de aportar robustez al conjunto. Hrůša sacó todo el jugo de esta obra, en la que, con coherencia, Dvořák supo combinar refinamiento y vitalidad, reservando para el brioso Finale un entusiasmo que arrastró a los congregados en el Auditorio Nacional, rozando el par.

Se trató seguramente de un éxito, por las numerosas ovaciones que la orquesta recibió, para un concierto que apelaba un mensaje optimista y pletórico, con excelente hechura tanto en la primera parte con una solista de primer nivel como Sol Gabetta y una orquesta que siempre es un placer volver a escuchar.

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