Este año la OFUNAM cumple 80 años de existencia y para celebrarlo se han organizado varios conciertos especiales. Los de este fin de semana tuvieron un programa conmemorativo destinado a celebrar no sólo el aniversario de la orquesta sino además los 40 años de la inauguración de su sede: la Sala Nezahualcóyotl. Y definitivamente hay que celebrarlo: la existencia del Centro Cultural Universitario, con esa maravillosa sala, es uno de los milagros cotidianos de esta ciudad.

El violinista Vadim Repin © Gela Megrelidze
El violinista Vadim Repin
© Gela Megrelidze

Las obras, elegidas con mucho acierto, evocaban el júbilo y el orgullo universitario. La primera y la última pieza fueron justamente compuestas como ofrenda a una universidad: la Obertura académica festiva, creada por Johannes Brahms cuando la universidad de Breslau le otorgó el doctorado honoris causa; y Goyas, de Arturo Márquez, obra encargada para celebrar los cien años de la UNAM en 2010. El paralelismo no termina ahí: Brahms usó como temas canciones estudiantiles de taberna y Márquez construyó su obra sobre las palabras y el ritmo de la “porra” de la UNAM, ovación que en un sentido es una versión contemporánea y muy mexicana del canto de taberna de los universitarios, pero en forma de un grito donde lo característico, además de las palabras, es el ritmo más que la melodía.

Con estas dos obras como polos, el programa equilibraba sus partes: una primera mitad con obras del repertorio canónico y una segunda con obras mexicanas, todo cohesionado por el ánimo festivo. Después de una correcta ejecución de la obertura por la orquesta apareció Vadim Repin, afamado solista invitado a este festejo para tocar el concierto para violín de Bruch. Como era de esperar, la interpretación fue técnicamente casi perfecta, aunque en ciertos momentos se sintió distante: en el primer movimiento no se percibía una comunión completa entre solista, orquesta y director. Sin embargo, después desapareció esta sensación, y el violinista pudo lucir su muy preciso dominio del instrumento. Como encore ofreció las variaciones de El carnaval de Venecia de Paganini con las cuerdas de la orquesta acompañándolo, un bis recurrente que al parecer ya es su sello personal. Relajado y divertido, y ahora con un sonido todavía mejor, Repin ejecutó todos los malabares técnicos de la obra de tal modo que daría la impresión de que tocar el violín es facilísimo.

La segunda parte del concierto comenzó con el estreno de Ríos y vertientes, una obra encargada a Samuel Zyman para esta celebración. En palabras del propio compositor (en las notas al programa): “El título se refiere a la manera como las distintas secciones de la pieza ‘fluyen’ una tras otra, como si fueran ríos o corrientes más o menos caudalosos, con más o menos potencia, que van cambiando de dirección y a veces retomando corrientes que ya habíamos escuchado antes”. La obra, en un lenguaje que se antoja cinematográfico y muy cercano a la sensibilidad del público, es un homenaje a la orquesta, todos cuyos integrantes están invitados a participar (dos arpas, clarinete bajo, contrafagot, todos los metales, cinco percusionistas…). Transcurren las tres secciones de la obra con estas reapariciones de temas alegres, bien reconocibles, que se van integrando a la corriente para confluir en un muy bien construido tutti que, sin mediar silencio, culminó en el explosivo aplauso del público, renovado ante la presencia del autor en el escenario.

A dicho estreno siguió el muy recurrente y siempre festivo Danzón no. 2 de Márquez, obra que la orquesta domina y toca con gran gusto, del que se contagió el director invitado. A ese número se unió el pianista (el único que no había aparecido todavía), que destacó por su poderoso sonido. El programa cerró con el ya mencionado Goya, que termina con el público sumándose al grito del largamente anunciado “gooo-ya” que rítmicamente acompaña toda la pieza. Tras esto vino el más obvio de los encore: El Huapango de Moncayo… Si bien se entiende que el “segundo himno nacional” tradicionalmente acompañe un festejo de esta naturaleza, tener el danzón de Márquez y el Huapango en un mismo programa puede ser casi excesivo, pero parece que era inevitable. Finalmente el concertino dirigió las tradicionales Mañanitas: un cierre emotivo que terminó con otro muy universitario “gooo-ya”. No podía ser de otro modo.