La evolución artística del conjunto Stavanger Symphony Orchestra ha tenido que ver con el traslado a una nueva sala de conciertos durante el otoño de 2012 en la capital noruega. Presentándose por primera vez en el ciclo Ibermúsica, intenta competir dentro del rango de excelencia con orquestas de repertorio barroco y clásico bajo la batuta y arco magistral de Fabio Biondi. Como hedonista y buscador de un lenguaje original, Biondi intentó volcar unas expectativas de sonoridad a una agrupación llena de buenas intenciones, pero de regulares condiciones.

Para empezar, el cariz historicista que plantea Biondi, en su doble función de director y concertino, se opone a la plantilla que emplea esta agrupación. Las decisiones particulares que el director toma en cuanto al equilibrio del número de músicos afectan de manera directamente proporcional al resultado sonoro. A ello se suma que el timbre de los instrumentos modernos no es totalmente coherente con las características de la música, según los parámetros historicistas que propone. ¿El resultado? Un juego a caballo entre lo antiguo y lo moderno cuyos desperfectos técnicos podían haber sido evitados.

Stavanger Symphony Orchestra © Emile Ashley
Stavanger Symphony Orchestra
© Emile Ashley

Nos referimos al caso del metal en la primera obra del concierto, la Sinfonía núm. 38 en re mayor, "Praga". Quitando las desavenencias en las emisiones inseguras y las entradas a destiempo de las trompas, sobre todo durante el Andante, técnicamente se hizo complicado mantener el sonido en notas largas sin el empleo del alternatim, y esto repercutió en el resultado. Biondi —como en muchos de sus conciertos, violín en mano— ejercía un papel de liderazgo, salpicando el estilo a la cuerda e introduciendo claras entradas a madera y metal, arco a modo de batuta. Con una introducción próxima al dramatismo de Don Giovanni, el timbre orquestal estuvo equilibrado, con intenciones dinámicas moldeadas en la cuerda y una articulación perfecta proyectada por el protagonista.

La que sirviera como motivo para la coronación de Leopoldo II en Praga en 1791 en un modelo de Missa brevis pasó a ser la protagonista de la segunda parte: la Misa de la coronación. Ampliada la orquesta como corresponde junto al Coro de la Comunidad de Madrid y a los cuatro solistas, aún vemos a un Mozart que no despliega todos sus recursos como lo hace en la Misa K. 427 o el propio Réquiem. Ejemplo de ello son los trombones doblando colla parte las voces de contralto, tenor y bajo, simplificando la orquestación. De los solistas sobresalió la voz pequeña pero bien impostada de Giulia Semanzato, cuyo solo en el Agnus Dei tanto recuerda al "Porgi amor" de la Condesa en Las bodas de Fígaro. Por otro lado, los esfuerzos de Biondi por conseguir la misma expresividad y dinámica de la orquesta en el coro fueron en vano.

Fabio Biondi, violinista y director © Emile Ashley
Fabio Biondi, violinista y director
© Emile Ashley

La buena impresión del evento vino a cargo del Concierto para violín y orquesta de cuerda en sol mayor de Haydn, del cual existen todavía ciertas dudas sobre su autoría. No siendo una pieza muy interpretada, Biondi utilizó su cadencia y el bello fraseo durante el segundo movimiento para evidenciar la genialidad del compositor austriaco. Acompañado por una orquesta de cámara, el solista agilizó el tempo de Allegro mostrando destreza con su violín tricentenario y superando las dificultades de afinación que suponen estos instrumentos. Las sorpresas haydnianas se conjugaron con el sentimiento enardecido —quizá en exceso por cierto descontrol— del conjunto y su solista.

A pesar de este juego desconcertante de medias tintas, Biondi sabe hacer con este repertorio lo que es propio de un genio: dotar de originalidad una música que ya de por sí es brillante.

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