¿Se puede escribir sobre Mahler en 2018? O mejor: ¿Qué se puede escribir sobre Mahler en 2018? La literatura a este respecto configura, en términos de Umberto Eco, una lista vertiginosa, un inventario infinito de almas musicalmente centelleantes y subrogadas. También redimidas en aquello que consagran. Theodor W. Adorno, Henry-Louis de La Grange, Donald Mitchell, Deryck Cooke, Natalie Bauer-Lechner, Leonard Bernstein, Bruno Walter, Julian Johnson, Robert Samuels, Norman Lebrecht, Gilbert Kaplan o Pérez de Arteaga, por mencionar a algunos de los más egregios, han dedicado su mejor tiempo y ánimo en relatar, analizar (¡y hasta psicoanalizar!) o, cuando menos, homenajear la vida y producción de un ser humano inclasificable. La perpetuidad del catálogo se extiende hasta las recopilaciones bibliográficas y discográficas. Todos los días del año, en algún rincón de la Tierra, suena música de Mahler, se lee sobre Mahler o se piensa en él. Nunca se agota el proceso. Siempre vuelve a grabarse un nuevo disco, siempre vuelve a publicarse un nuevo libro, siempre vuelve a editarse un nuevo arreglo o a incluirse una sinfonía en la nueva temporada del principal auditorio de cualquier ciudad. Orquestas, ensembles y fundaciones llevan su nombre y preservan su patrimonio; otros creadores, como Luciano Berio, componen, literalmente, a partir de sus obras. En cada página del Mahler Companion, en cada carta de su correspondencia, en cada recorte de periódico digitalizado por la New York Philharmonic late un fragmento del milagro, el pecio de una leyenda que, todavía hoy, crepita con el fuego de una hoguera incombustible. Se trata, sencillamente, de hechos, la mínima expresión de un juicio objetivo, no hagiografía.

Valery Gergiev al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky
Valery Gergiev al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky

Por otra parte, en lo relativo al oyente acólito, todo mahleriano tiene su sinfonía predilecta. Desde la Primera hasta el Adagio de la Décima, incluyendo Das Lied von der Erde. Unos eligen varias, otros añaden los Lieder y muchos ni siquiera discriminan. “Es Mahler”, y con eso basta. En cuanto a las interpretaciones, su variedad es casi tan amplia como las preferencias. Las versiones de Claudio Abbado con la Orquesta del Festival de Lucerna, las de Georg Solti con la Chicago Symphony Orchestra, las de Bernard Haitink o Daniele Gatti con la Royal Concertgebouw… Es inútil tratar de enumerarlas o de encontrar consenso. Y sin embargo, nada como la experiencia en vivo. Un concierto de Mahler sigue siendo capaz de atraer personas de todas las edades y lugares. Esto, por supuesto, no es exclusivo del caso que nos ocupa, pero sí marca la diferencia entre lo común y lo extraordinario. Algunos, en un impulso pasional, llegan a comprar billetes de avión y se desplazan a otros países para escuchar en directo la Sinfonía de los Mil, la Quinta, la Novena. Quizás más que ninguna, la Resurrección. ¿Qué se puede, entonces, escribir sobre Mahler en 2018?

Estos pensamientos podrían perfectamente rondar la cabeza de un cronista que se encaminase al Auditorio, dispuesto a reseñar el concierto de La Filarmónica. Si hubiese escuchado antes, en un pasado no demasiado remoto, a Valery Gergiev, la Orquesta del Teatro Mariinsky o el Orfeón Pamplonés, dirigiría sus pasos confiado. No cabe duda de que la velada será inolvidable. Seguramente, el espíritu ruso se entretejerá con la memoria de lecturas alternativas; ciertos ataques, ciertos golpes de arco, ciertos balances o decisiones agógicas no coincidirán exactamente con la expectativa alentada. Y, del mismo modo, o precisamente por ello, nuestro espectador anónimo percibirá música inaudita. Posiblemente reparará en pequeños detalles, modulaciones fugaces en instantes mínimos, escondrijos de la partitura hasta ese momento secretos. En cualquier caso, aguardará en la butaca recorrido por una sensación extraña, anhelando en un silencio extático el punto de fuga, el tramo final de la sinfonía. Incluso, no parece improbable que, ya desde antes de la entrada del coro, durante los movimientos previos, reverberen en él los versos de Klopstock: Auferstehn, ja auferstehn wirst du, / mein Herz, in einem Nu! -¡Resucitarás, sí, resucitarás, / corazón mío, en un instante!-. Independientemente de nuestro credo, podemos afirmar que se trata de música salvífica.

Tales certezas, damos fe, serán las que pensará el narrador hipotético. Y volverá a hacerlo más tarde, mientras abandona, profundamente agradecido a cada músico, la Sala Sinfónica. Eso es lo que puede escribirse hoy, siempre todavía, sobre la Resurrección, lo que puede escribirse sobre Gustav Mahler en 2018: la confirmación de un renacer, la solución al ruego más prístino, la inexpresable complicidad con alguien y algo que nos trasciende. ¿Acaso no es, amable lector, la mejor consecuencia de seguir vivos?