Ha sido esta una temporada con altibajos para el Teatro Real, a la que le costó arrancar y que ha combinado agradables sorpresas con algunas expectativas fallidas. Afortunadamente, el final de curso nos ha traído una producción redonda, una de esas experiencias operísticas totales, llenas de virtudes y sin apenas defectos, que hará las delicias tanto de expertos como de principiantes.

La producción de Francisco Negrín, estrenada en 2019, ha envejecido bien y cumple con creces su función narrativa y sus aspiraciones estéticas. Es cierto que podría prescindirse de algunas escenas flashback, pero funciona sobre todo en dos dimensiones. En primer lugar, como marco atmosférico, otorgando a la historia una adecuada aura tenebrosa y atemporal. El diseño arquitectónico brutalista se asemeja a una celda claustrofóbica, que encarna bien el destino inevitable y trágico del que los personajes no pueden escapar. El segundo acierto corresponde a un foco puesto en las relaciones emocionales entre los protagonistas más que en la trama, a través de cuidadas iluminaciones y lenguaje corporal de alto dramatismo.

El cuarteto protagonista nos dio una magnífica lección de canto y teatralidad, pura ópera. Hay que mencionar, en primer lugar, al Manrico de Piotr Beczała. Es un cantante deslumbrante, tanto en lo vocal como en lo teatral. Combina una potentísima emisión, siempre en busca de lo heroico, con sensibilidad para mantener una línea de canto elegante y con cierta sofisticación. Su seña de identidad es, por supuesto, el agudo en forte que despliega con una insultante naturalidad, provocando admiración en cada ataque al tercio alto. No están al mismo nivel algunas de sus medias voces y sus pianos, que parece evitar para adentrarse en la zona de bravura, donde se siente más cómodo, pero es en todo caso un espectáculo vocal inolvidable. La Leonora de Marina Rebeka, por el contrario, desplegó toda una pantonera de técnicas vocales variadas y convenció con cada una de ellas. Agudos poderosos, sí, pero también preciosos reguladores, piani flotantes y coloraturas cincelados a través de staccati con una naturalidad más que notable. En el aspecto teatral hubo muy buena química entre los protagonistas: la suya es una historia de amor creíble.

La Azucena de Ksenia Dudnikova también convenció por realizar un retrato más complejo del que suele ser habitual. No solo hay en ella rabia y furia de venganza, expresada a través de intensos vibratos y potencia en la zona grave, hay, además, atisbos de vulnerabilidad y humanidad en la extinción sentida de algunas de sus notas, y en una línea de canto sorprendentemente lírica para el personaje. Por último, fue algo más irregular la actuación de Artur Ruciński como Conde de Luna. Sus intervenciones en solitario y recitativos resultaron algo distantes y vocalmente poco consistentes, pero, sin embargo, nos ofreció —con perdón de las estrellas protagonistas— el momento más emocionante de la noche en su cavatina del segundo acto “Il balen del suo sorriso”, canto de herido amor a través de un legato cuidado y una proyección impecable. Imponente, por último, el polaco Krzysztof Bączyk como en un papel que se le quedó muy corto.

Con semejantes voces en comunión sobre el escenario, el maestro Nicola Luisotti decidió encender una hoguera sonora también en el foso: subió el dial de la potencia y llenó la sala de pura energía verdiana, soltó las riendas de los caballos en las cabalettas, invitando a que los cantantes se sumaran a la fiesta. Todo este desfogue no resultó, sin embargo, en descontrol, sino en milimétrica flexibilidad en los tiempos y, dada la potencia de la orquesta, una muy sorprendente definición tímbrica. En línea con esta lectura, sólida, precisa y pujante, estuvo también la actuación del Coro del Teatro Real, para completar un cartel vocal ideal.

Veladas como esta proporcionan una experiencia artística energizante y conmovedora, vocación de ópera clásica, sin pretensiones intelectuales ni intención artificiosa de hacer historia. Y, precisamente por esto, la noche resultó en una interpretación jubilosa y honesta, que nos quedará como el mejor recuerdo de esta temporada del Real.





















