El público que el pasado jueves asistió al concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra tuvo la suerte de sentarse no tanto en las butacas del Baluarte como, más bien, en los asientos de un tren y viajar por Europa y los Estados Unidos, mientras el director sueco Stefan Solyom y la violinista norteamericana Angela Wee describían el paisaje que se veía desde la ventanilla.

El periplo empezaba en el subsuelo, con la ejecución de Transit underground, del también sueco Tobias Broström. Una composición de 2008 que a través de la atonalidad armoniza entre sí los instrumentos de la orquesta y consigue crear una sonoridad que acabó envolviendo al público. La sensación de desplazamiento que la pieza pareció producir en el auditorio pronto fue sustituida por el grato reencuentro no solo con la violinista estadounidense Angela Wee, sino también con el violinista y compositor navarro Pablo Sarasate y el paisaje andaluz.

Wee comenzaba su actuación con la Fantasía Carmen, Op.25, trazando un dibujo de la Sevilla de las primeras décadas del siglo XIX preciso, tanto en las líneas como en los colores vivos y puros, elegidos para describir el drama pasional de la cigarrera gitana. A pesar de su juventud, la intérprete dio muestra de una habilidad y sensibilidad increíbles tanto en el pizzicato de la introducción, como al modular agudos y graves en el tema de la Habanera. Su ejecución fue brillante, ligera y ritmada también a la hora de interpretar la Seguidilla y la Danza gitana, haciendo vibrar las cuerdas de las emociones más íntimas de los presentes en el auditorio.

La violinista Angela Wee, finalista del Concurso Sarasate 2015
La violinista Angela Wee, finalista del Concurso Sarasate 2015
A continuación, daba muestra de su virtuosismo y sensibilidad con otra pieza de Sarasate –los Aires bohemios, Op.20– acercando así al público hacia el centro de Europa. Sin modificar su estilo interpretativo, la solista estadounidense fue introduciendo al público en la melancolía gitana de una manera delicada, pero muy definida realizando unos agudos penetrantes a la vez que casi imperceptibles, para luego pasar de manera repentina, pero sin solución de continuidad, a los ritmos frenéticos de las danzas magiares. La energía que Wee transmitió al final de la interpretación recibió el justo agradecimiento por parte del público. En esta primera parte del concierto, la Orquesta Sinfónica de Navarra contribuyó de manera loable a resaltar el extraordinario talento de la joven intérprete. 

En la segunda parte, el viaje proseguía hacia el Nuevo Mundo a través de la Sinfonía núm. 9 de Dvořák. La dirección robusta y meditada de Solyom recreó en el auditorio la inmensidad y variedad del paisaje norteamericano. La ejecución de los primeros compases pareció sugerir la llegada a América desde el mar, por la mañana, temprano, con una niebla que poco a poco se desvanece poniendo al viajero ante la sorprendente silueta de los rascacielos. Para recordar después el espíritu de conquista de los que allí fueron a buscar fortuna, conduciendo al público por un viaje de costa a costa que, pasando por las extensas praderas del Medio Oeste y las regiones más montañosas y desérticas del oeste, puso a prueba su capacidad de resistencia. Finalmente, y en un crescendo que transformaba el espejismo en la realidad de una saga, Solyom daba a entender que el periplo –iniciado en la primera parte de la velada– estaba a punto de concluir.

De pronto, los que presenciamos el concierto volvimos a la realidad del Baluarte con un álbum de fotos bajo el brazo que nos harán recordar los momentos emocionantes de la experiencia vivida.