La OSN ofreció el pasado jueves en el Baluarte un concierto diferente y demostró cómo la música es capaz de mover montañas. Se percibía una atmósfera de agitación en la sala desde que el público entró en ella, y no solo porque el escenario daba cobijo a una mesita, a una flor y a un río.

Como explicaría el director Jesús Echeverría, en la primera parte de la velada se puso en escena La flor más grande del mundo (el cuento de José Saramago, con música compuesta por Emilio Aragón, que la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas eligió para su proyecto de integración social). Los protagonistas eran más de ochenta personas con discapacidad funcional junto a numerosos voluntarios. La partitura, emotiva e impactante, fue apreciada calurosamente por el público, que se dejó llevar por el entusiasmo y la concentración que reinó en el escenario durante la representación.

Jesús Echeverría
Jesús Echeverría

En la segunda parte del concierto, la Orquesta Sinfónica de Navarra ofreció tres obras del s. XX, no muy frecuentes en los atriles: las Tres danzas del navarro Jesús García Leoz, la Suite de danzas de Béla Bártok y, por último, Metamorfosis sinfónicas sobre temas de Carl Maria von Weber de Paul Hindemith. En una especie de crescendo sonoro, la ejecución fue brillante, pausada (pero con ritmo) y precisa.

La interpretación de las Tres danzas de García Leoz descubrió al público del Baluarte los prodigios de este compositor local. Gracias también a la batuta de Jesús Echeverría, la OSN no solo supo dar brillo a las armonías folclóricas de la composición, sino que, una vez más, dio prueba de una muy buena compenetración entre sus componentes, así como de una muy buena sintonía entre los músicos y el director. De hecho, ese fue el ingrediente principal para que en la ejecución de las dos obras que siguieron a continuación se lograra una precisión y una sonoridad que fue llevada a su punto máximo en diversas ocasiones. Si algo caracterizó la Suite de Bártok y las Metamórfosis de Hindeminth fue la repetición, encadenada entre sí, de un mismo motivo por los diferentes sectores de la orquesta. El resultado final de este estilo compositivo no podía ser diferente: mientras el compositor húngaro lograba de aquella manera acelerar el ritmo de la suite, imprimiéndole un movimiento vital pero controlado, el compositor alemán quiso forzar la mano para ver hasta dónde era posible llevar la sonoridad. En ambos casos la OSN logró llenar la sala de sonido y de vida.

A la muy buena ejecución de esta segunda parte del programa –que sin lugar a duda encerraba no pocas dificultades– contribuyó de una manera especial la dirección de Echeverría quien supo acentuar adecuadamente los momentos más destacados de las partituras, gestionar a la perfección los crescendi y coordinar al milímetro la intervención de los músicos. Destacable fue también la intervención de los solistas de la orquesta y, una vez más, la de las pecusiones.

Al hilo de la moraleja del cuento de Saramago, quien salió del Baluarte el pasado jueves tuvo la sensación de que el concierto le había dejado un recuerdo más indeleble de lo que había podido imaginar al entrar.

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