Celebramos que La Filarmónica ofrece un segundo concierto en la misma semana en el Auditorio Nacional, esta vez con un programa más modernista que el primero, en el que la flauta se ha erigido como instrumento principal. Así es que la Sinfónica SWR de Stuttgart nos ha servido el privilegio de escuchar al flautista suizo Emmanuel Pahud, dirigido por otro flautista, el director François-Xavier Roth, y en obras en las que la participación de la flauta es altamente representativa. Asimismo, el bis ofrecido por Pahud requirió la presencia de un conjunto de flautas para interpretar una simpática pieza de Joseph Bodin.

Se inició el concierto con una sugerente versión del Preludio a la siesta de un fauno, una obra redonda en estructura y duración que siempre viene bien para iniciar una velada de mayores miras, aun cuando este enfoque pueda repercutir negativamente sobre ella. La formación se esmeró particularmente en producir una interpretación donde la sugerencia sonora y la ambientación colorista mostraran una preponderancia evidente; de esta forma destacó la intervención de la flauta, con un logrado fraseo sinuoso y una claridad en el recorrido cromático que incide sobre la ambigüedad tonal propia de esta partitura. También las maderas, clarinete y oboe, funcionaron para expandir el color; y el arpa se mostró hábil para difuminar la métrica y crear un marco aún más sugerente y brumoso. Por contra, echamos en falta una dirección rítmica más evidente y una presentación de la estructura menos recortada, y también un poco más de intensidad en los pasajes más amplios de la obra.
Todo el aspecto rítmico se recondujo en cuanto Emmanuel Pahud tomó las riendas del Concierto para flauta núm. 2, K314, de Mozart, iniciando un Allegro especialmente vivo y desbordante. Con todo, es obligatorio destacar la pureza y elegancia del sonido emitido por Pahud, presentando un fraseo pulido, delicado pero también con una vitalidad que amenazó en ocasiones con convertir a la orquesta en un elemento realmente secundario. Por su parte, las cuerdas ostentaron un protagonismo especial en la conducción de los temas, emitidos con notable claridad. En todo caso, el enfoque ligero y transparente de Pahud se hiló eficientemente con una orquesta que se esforzó por dialogar con impulso y dirección. De esta suerte, todo el conjunto produjo un Mozart en el que, al contrario que en la primera obra, primó la arquitectura conceptual, la claridad formal y el devenir rítmico y temático de la partitura.
Fue en la segunda parte donde confluyeron, conjuntándose a la perfección, todos estos elementos, pues tanto la dirección como la orquesta se mostraron especialmente inspirados en la interpretación del Dafnis y Cloe de Ravel; sobresalientes en la ambientación sonora, y magistrales en la capacidad rítmica. Ya hemos leído en las notas sobre los problemas que tuvo Ravel con los entresijos del ballet, pero es evidente que esta partitura, sin baile, y con una formación como esta, funciona perfectamente por sí misma. Cierto es que los sobretítulos, que iban más o menos indicando los estadios del programa, ayudan a comprender la música; pero es más cierto que la orquesta supo afrontar todas las emociones y todos los ambientes que propone Ravel en su partitura, lo mismo en las sutilezas dinámicas que representaron al amanecer, que en las danzas versátiles, livianas y grotescas que se originan en el transcurso de la representación.
Culminada la obra con su magnífica Bacanal, decidió la Orquesta Sinfónica de la SWR concluir la velada con una pieza de Bizet absolutamente discordante. Uno se pregunta qué razones indujeron a esta formación a romper las sutilezas y las bellas sonoridades de la insuperable orquestación de Ravel con una obra tan simple, escandalosa y percusiva como esta, plena de euforia banal, casi vulgar; pero es una realidad que ni orquestas ni solistas aciertan siempre con el tema de las propinas. Nos quedamos, pues, con el sensacional acierto de haber producido una interpretación inolvidable de este inusual Dafnis y Cloe.

