Como el aprendiz de brujo, bajo su batuta mágica Antoni Wit logró que la Orquesta Sinfónica de Navarra y el pianista Peter Jablonski transformaran las composiciones de los grandes compositores rusos del siglo XIX y XX en olas bulliciosas y torbellinos de vientos que cautivaron el auditorio del Baluarte.

El pianista Peter Jablonski © Benjamin Ealovega
El pianista Peter Jablonski
© Benjamin Ealovega

Sin apenas tener ambos pies en la tarima, Wit –como si tuviese miedo a que Glinka le descubriera– mandaba a la orquesta que empezara a ejecutar la obertura de Ruslan y Ludmila. A pesar de ese inicio tan rápido e inesperado resultó muy difícil no quedar sujeto por esta breve pero muy intensa y completa composición. La alternancia de compases más rápidos con otros más pausados no perjudicó en absoluto su ritmo acelerado; al contrario, creó el clima de expectación más adecuado para la entrada en escena de Peter Jablonski.

Y fue con el mismo estilo que director y pianista dieron paso al Concierto para piano n. 3 de Prokofiev. La determinación fue la nota dominante en la interpretación de Jablonski, sobre todo en aquellas partes de la partitura donde tenía que compartir protagonismo con la orquesta. Con fuerza, pero sin chillar, Jablonski hizo entender quién era el solista en esta parte del concierto tanto que, al terminar el primer movimiento, algunos espectadores no pudieron contener una tímida manifestación de entusiasmo. Sin que esto interrumpiera la concentración necesaria para tocar una partitura que está estructurada en torno a un armónico equilibrio entre clásico y moderno y que requiere no poca potencia para ser llevada a cabo, Jablonski se lució aún más relevando a continuación las flautas y los clarinetes que le iban proporcionando los motivos de las variaciones que caracterizan el segundo movimiento. La intensidad siguió creciendo finalmente en el tercer movimiento, principalmente en los últimos compases, cuando Jablonski demostró que sin el sonido del piano la partitura se quedaba como coja.

La presencia del pianista sueco-polaco dejó, como no podía ser de otra manera, una huella profunda en el auditorio. Una mezcla entre elegancia, sensibilidad y vigor sumadas a una toque preciso y ligero, fueron los ingredientes que le permitieron triunfar.

Al reanudar el concierto la batuta mágica de Wit hizo que los violines de la OSN desataran en el auditorio la tormenta de viento que, en el segundo cerco del Infierno de Dante, envuelve a Pablo y Francisca. La ejecución del poema sinfónico Francesca da Rimini de Tchaicovsky cumplió con los registros descriptivos de la composición. Si los instrumentos de cuerdas junto a las flautas lograron recrear la creciente pasión que se creó entre los dos amantes a causa de la lectura de la historia amorosa entre Lanzarote y Ginebra, la intervención de los metales y de las percusiones hizo recordar finalmente su trágica muerte. La aparición final de las cuerdas proponiendo otra vez el motivo del viento explicaba el tormento eterno de la infeliz pareja en el infierno.

Sin embargo, una velada mágica no podía cerrarse de esa manera. El broche final lo ponía Wit dirigiendo otra historia de amor (con final feliz, esta vez): la de El pájaro de fuego de Stravinski. Igual de descriptiva que la pieza anterior, la suite para ballet fue dirigida con extremo buen gusto, ritmo ligero y una buena dosis de energía. El director propuso un logrado primer movimiento con el efecto aleteo producido por el roce del arco sobre la cuerda, así como los preciosos gorgoritos recreados por flautas, clarinetes y oboes. Más aún lo fue el tercero, donde la fuerza generada por los demás instrumento de vientos y las percusiones fue palpable. No menos logrados fueron los otros dos movimientos y el final, que con su dulzura dejó en la sala un halo agradable y sorprendente a la vez.

En definitiva, niños o mayores se dejaron transportar por la magia del concierto en religioso silencio y siguiendo atentamente todos los movimientos de los músicos, disfrutando doblemente del encantamiento que resultó ser la velada.