La Orquesta Sinfónica de Navarra inauguraba la presente temporada con un concierto el pasado fin de semana que incluía obras del s. XVIII al XX, lo que resultó ser una interesante muestra de los múltiples recursos que encontramos en el universo musical para despertar emociones. Y todo esto gracias también a la batuta de Antoni Wit: director capaz de infundir movimiento a su orquesta con miradas muy expresivas y con pocos, pero determinantes movimientos de la mano.

La Orquesta Sinfónica de Navarra © OSN
La Orquesta Sinfónica de Navarra
© OSN

La Danza ritual del fuego abrió la velada. Desde los primeros compases, ejecutados con fuerza y precisión a la vez, se dio la impresión de que un fuego se estuviera encendiendo en el escenario. No resultó difícil imaginarse el surgir de las primeras llamas trazadas por el sonido penetrante del oboe; el expandirse del fuego, muy bien expresado por los acordes monótonos de las cuerdas y la potencia de los instrumentos de viento; así como, finalmente, la plenitud de una fogata centelleante que, bajo la mirada fascinada del oyente, se consumió rápidamente en los compases finales.

Esa pasión, tan abrasadora como breve del Amor brujo, fue barrida acto seguido por la ligereza y precisión rítmica del Concierto para trompa y orquesta de Mozart, cuya ejecución corrió a cargo de Radek Baborák. Introducido por una brisa fresca creada por los violines, el sonido grave pero alegre de la trompa dibujó las reglas contrapuntísticas de la pieza como si la orquesta y Baborák fuesen dos amantes que juegan al escondite. Fue la del segundo movimiento una ejecución sobresaliente en la que destacaron la alternancia entre las secciones individuales y los dúos, respetuosos con el protagonismo de cada instrumento.

El escarceo amoroso maduró hacia un sentimiento más sólido a través del majestuoso Concierto para trompa y orquesta de Strauss. La mayor sonoridad de la composición fue llevada con sabiduría por Antoni Wit que, sin quitarle protagonismo a la trompa, la hizo interactuar elegantemente con el resto de la orquesta. Una vez alcanzado un clima de intensa intimidad, Wit logró dar una mayor expansión emocional a la composición no solo con la intervención de las demás cuerdas, sino también con la gradual participación de los vientos. Generaba así una corriente de pasión, sostenida y creciente, que sin solución de continuidad preparaba al público para la segunda parte del concierto. Baborák ofreció una excelente interpretación de ambas piezas: sin perder precisión en la afinación y calidez del sonido, demostró hábilmente los innumerables registros y riqueza tímbrica que puede ofrecer la trompa.

En la segunda parte del concierto, la OSN abordó la Sinfonía núm. 1 de Brahms con un carácter vigoroso desde el inicio hasta el final, pero nos regaló también momentos de gran emoción poética. De hecho, fue especialmente conmovedor el solo del primer violín (preciso tanto en la modulación de las notas como en los matices sonoros), e impactante el pizzicato que la cuerda llevó a cabo con exactitud y sintonía impecables. No menos destacable fue la intervención de los vientos que –como en la estela de la primera parte del concierto– reivindicaron su presencia y desplegaron toda la envergadura sonora y emotiva de la sinfonía. El crescendo constante fue inteligentemente preparado por Wit, que en la parte final del concierto aumentó la intensidad de la ejecución con un resultado incuestionable. La bienvenida que la OSN y su director recibieron tras la pausa del verano no podía ser más calurosa y acogedora.

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