En un programa que repasaba la evolución del lenguaje pianístico, Lang Lang recorrió varios episodios del siglo XIX, del clasicismo vienés hasta el romanticismo tardío, a través de su virtuosismo técnico y presencia escénica. El Palau de la Música (repleto en el único concierto que el pianista ofrecía en la ciudad) acogió su piano como exploración de distintas posibilidades, convirtiéndose en una clase magistral histórica que mostró su vinculación expresiva con el instrumento.

El Rondó en re mayor, K485, de Mozart abrió el programa mostrando ya las particularidades del archiconocido pianista; sonido brillante y muy dinámico, retransmitió las formas y la claridad clásica de la pieza. Un equilibrio simétrico y una ligereza elegante fueron los protagonistas, discurso dominado por la articulación de un fraseo moderado. Lang Lang, más contenido en esto, subrayaba la ornamentación de las líneas melódicas. Con la Sonata núm. 8, “Patética” cambió a un lenguaje de intensidad emocional y dramática (genuina de Beethoven) de oposiciones y contrastes; además del papel estructural que tomaron los motivos rítmicos, su ideal romántico se impregnó en la tensión de la ejecución. Un control dinámico y la precisión emotiva en el ejercicio. En la Sonata núm. 31, la entonación flexionó entre una lectura espiritual y un balance interior, construyendo una lectura íntima con diferentes formas. Conjugó simbolismos técnicos para profundizar armónicos, resaltando también las modulaciones libres y entonando expresividad introspectiva, ofreciendo la resolución de un drama interiorizado acentuado por el baile de contrapuntos.
La selección de la Suite española de Albéniz puso a Lang Lang a recrear imaginarios; un conglomerado de ritmos, giros melódicos y modos imitativos articulaban un discurso unitario de la pieza, dominado por la estilización. Las obras representativas de cada viaje regional construían, entre todas, un puente que Lang Lang cruzaba con lirismo, ritmos danzables, brillantez en las evocaciones y elegancia. El carisma de las diferentes personalidades de las piezas aunó también energías, refinamientos armónicos y dramatismo. Con ello, el papel de los ostinatos o las síncopas determinaron varios momentos, manteniendo una sonoridad personalizada a medida que transcurría la lectura. De misma naturaleza se dio la sección Goyescas de Granados, traduciendo musicalmente con melodías y ornamentaciones esta narrativa visual de una naturaleza idealizada. Lang Lang controló la agilidad de la partitura, con los arabescos encontrados o el carácter improvisado de algunos pasajes, manteniendo la melodía como canto principal, envuelto de ornamentaciones variadas.

El detallismo y la asimilación emocional del intérprete se pudo apreciar especialmente con la Consolación núm. 2, “Années de Pèlerinage” de Liszt. Breve e íntima, la pieza evocó las sonoridades etéreas que hicieron subrayar el especial uso del pedal para la expresión interior, además de desarrollar ampliamente una paleta cromática. Una serie de cromatismos que Lang Lang ejecutó en un plano más contemplativo, controlando las resonancias del despliegue técnico. En Venezia e Napoli III: Tarantella, pasó a otro carácter; el protagonismo recayó en la agilidad extrema de los saltos de escalas y octavas, matizando un brillo del sonido que se volvió frenético por un ritmo obsesivo, y que acabaría por coordinar el ejercicio. El piano transmutó y se convertía en una expansión casi orquestal en su sonido, efectuando las temáticas y los motivos de las líneas en un desarrollo liberador.
En un arco histórico y expresivo, Lang Lang llevó a cabo un concierto lleno de lenguajes transformadores, sacándole todo los recursos al piano, en el que el objetivo se centraba en un creciente protagonismo emotivo. Lang Lang volvió a poner de nuevo al público en pie después de este viaje musical.

















