En una temporada del Teatro Real en cuya primera parte se han echado de menos producciones memorables, nos llega ahora, al fin, una representación redonda. La Ariane et Barbe-Bleue que se ofrece estos días no solo nos descubre una obra fascinante, aunque muy poco programada, sino que lo hace aprovechada al máximo, en comunión con una orquesta, una escena y unas cantantes de altísima calidad.

La obra de Paul Dukas nos plantea una provocadora reflexión sobre el papel de las víctimas en su propio destino. A setenta años de la invención del hoy famoso término, sorprende cómo este trabajo hace una reflexión tan certera sobre lo que luego se llamaría el “síndrome de Estocolmo”. La mirada de Àlex Ollé lo analiza, además, sin morbo, a través una dirección de actores con la que, más que juzgar la sumisión colectiva, la observa desde la premisa del respeto.
La escenografía, con pocos elementos, pero muy sabiamente utilizados, muestra el castillo de Barbazul a modo de un laberinto que aporta una sensación mixta de pérdida y descubrimiento. Es una estructura que acaba flotando la parte superior de la escena y que evoca, seguro que no por casualidad, el enfrentamiento de la Ariadna clásica con el minotauro. Un sabio juego de luces se entrelaza con la economía de medios de la escena para sacar el máximo partido a unos elementos que, con frecuencia, se utilizan con doble sentido: espejos que son ventanas o mesas que son escaleras. Funciona bien también la decisión de ampliar las cinco mujeres prisioneras que contiene el libreto a una multitud incontable, apuntando hacia una reflexión universal acerca del género.
Derrocha carisma y calidad vocal la protagonista Paula Murrihy en el papel de Ariadna. Su interpretación del personaje se cimienta en una dignidad hierática, casi divina. La emisión es poderosa y el color oscuro, potenciando su dimensión autoritaria, pero además presume de una articulación y un fraseo delicado, al servicio de una intensa teatralidad —dramatismo y vocalidad van mano a mano. Silvia Tro Santafé, bien conocida por el público madrileño, parece haberse instalado cómodamente en el papel de la perfecta secundaria. Es la suya una actuación eficaz, pero contenida, que tan solo en algunos momentos, como en la escena de la captura y linchamiento de Barbazul, deja ver su potencial pleno como cantante.
El resto de las esposas de Barbazul ofrecen una actuación más que notable, sin apenas fallas. De entre todas ellas destaca irresistible la mezzo Aude Extrémo en el papel de Sélysette, que roba protagonismo a sus compañeras en cada aparición. El timbre es denso, severo, sombrío, se diría de contralto, y el caudal es sólido pero matizado. La sección masculina apenas tiene oportunidad de expresarse por la brevedad de sus papeles. Las pocas frases reservadas a Barbazul son resueltas eficientemente por Gianluca Buratto; es también notable la breve actuación de Luis López Navarro en el papel del anciano campesino.
Pero el elemento que cimienta esta noche redonda y conecta todos los demás entre sí es, por supuesto, el foso. En manos del muy veterano director Pinchas Steinberg, la Orquesta Sinfónica de Madrid al completo dio lo mejor de sí misma. Hay en su lectura un concepto narrativo claro y acertado, construido a través de una tensión permanente y creciente, compatible con acentuar más el carácter melódico de los pasajes que sus armonías disonantes. Su batuta se recrea en matices hipnóticos que seducen, sobre todo en los metales y la percusión. Además, el maestro consigue que, incluso en las secciones a plena potencia, no se pierda ni la claridad ni la definición en las capas de la orquesta.
El Coro Titular y el cuerpo de actores proporcionaron un fondo bien delineado sobre el que poder desplegar un relato que atrapa e invita a la reflexión, en una velada que nos ofreció una excelente experiencia artística, pero sobre todo, el descubrimiento de la potencia una obra que debería ser parte más habitual del repertorio.

