Prometía ser una inauguración llena de nervios, sobre todo para los fieles de la música lírica y huérfanos de ella desde hace ya medio año debido a la irrupción de la pandemia de la covid-19. También era razonable, y lógico, encontrar algo de tensión por llevar a cabo todas las medidas adoptadas por el Liceu de Barcelona a rajatabla en su día de estreno. Que no han sido pocas; pasando por varios controles de entradas y salidas, gel hidroalcohólico en cada rincón y butacas distanciadas a lado y lado, hasta la instalación de nuevos climatizadores, cámaras térmico-controladoras y ampliación de personal de salas. La cúpula directiva del teatro ha priorizado, ante todo, una gestión del público segura y controlada, cumpliendo con cada una de las directrices marcadas por las autoridades sanitarias y manteniendo su aforo al 50%, aun pudiendo llegar al 75%. Una gestión de manual que permitió presenciar un recital de primer orden, y que muy probablemente, pasará a la historia de la casa catalana.

Sondra Radvanovsky © Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu
Sondra Radvanovsky
© Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu

Sondra Radvanovsky y Piotr Beczała hicieron historia en un Liceu que acogió a un público emocionado y que se dejó la voz a vítores. La noche no fue para menos. La pareja formada por la soprano norteamericana y el tenor polaco, queridos y aclamados por igual en el panorama operístico, ofrecieron un programa lleno de arias y duetos de los grandes maetros veristas, hits todos ellos, en el que se encontraba una particular relación entre el conjunto: piezas que cantaban todas ellas a la necesidad y añoranza del otro, de ese alguien o de ese aquello. E incluso tuve la sensación de que Radvanovsky y Beczała se dedicaron la velada a ellos mismos y no tanto a un público que desde los asientos los observábamos embelesados. Porque como sugieren las piezas, lo habían echado de menos. Habían añorado la música. Personalmente, asistir a esa muestra de sinceridad y de pasión por el oficio fue lo más fascinante de la noche, de lejos, y una de las claves de su triunfo. De ahí los momentos de emoción que vivieron Radvanovsky y Beczała a modo de cascada durante toda la noche, en los que no pararon de mostrar lo mejor que tenían en elegancia, dominio y potencia, con una técnica impoluta y un control del aparato que testifican su posición internacional. Una de las mejores sopranos y uno de los mejores tenores del momento regalaron al teatro barcelonés una noche que pasará a los anales de su historia.

Piotr Beczała © Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu
Piotr Beczała
© Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu

Dejando de lado lo emotivo, la pareja ofreció un repertorio en el que se sintieron cómodos, prueba de la estrecha relación que han tenido a lo largo de su carrera con varias de las piezas presentadas y de un rango de tesitura que dominaban al dedillo. Por querer destacar algo que echar en falta, quizás la falta de imaginación o el quedarse en terreno demasiado seguro con esta programación puede ser motivo reprochable, aunque no se puede negar que este repertorio es siempre bienvenido, en especial, por parejas tan especiales como esta. Radvanovsky tuvo ya su primera gran ovación con “La mamma morta” de Andrea Chénier, pero el gran momento vendría con la interpretación de la gran “Vissi d’arte” de Tosca, que llevó a los espectadores a aclamarla durante un largo rato (pataleo incluido) y que hizo emocionar a la soprano. Por su parte, Beczała deslumbró por su “Quando le sere al placido” de Luisa Miller y su sensible interpretación de “E lucevan le stelle” de Tosca.

Sondra Radvanovsky & Piotr Beczała © Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu
Sondra Radvanovsky & Piotr Beczała
© Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu

Llegaron al final del programa con el dúo “Teco io sto” de Un ballo in maschera, en el que a través de una representación escénica cauta, intentando mantener la distancia y evitando el contacto (con bromas y chascarrillos de por medio), dieron lo mejor que pudieron a la hora de interpretar, en el papel, el final de los dos enamorados. Aplausos infinitos para lo que se creía el fin de la noche, cuando todavía la pareja se guardaba cinco espléndidos bises finales para conmemorar la ocasión. Casi una hora más de recital en el que abordaron temas como la canción de luna de Rusalka por parte de Radvanovsky, o el Halka de Beczała, de su coterráneo Stanisław Moniuszko. Dieron la puntada final con una desenfadada recreación de "Lippen Schweigen" de La viuda alegre de Franz Lehár. Todo ello, siempre acompañados en escena por el pianista Camillo Radicke, quien se encontró acomodado con la presencia de las dos voces.

Buen inicio de temporada en el Gran Teatre del Liceu, que afronta su prueba final con el próximo Don Giovanni, en el que la escenificación y el trabajo conjunto coral y actoral será un hecho, a la vez que un desafío para el futuro de la temporada. Esta, que ha empezado tan apoteósica.

*****