Regresa Beatrice Rana al Auditorio Nacional con una propuesta encabezada por la presencia de un virtuosismo impactante y omnipresente, una destreza que, a estas alturas, no es sorpresa para nadie. Le faltó público a la pianista italiana, razón de programar en víspera de puente, pero no por ello se mostró menos animosa ante la audiencia presente. Dos partes bien contrastantes se presentaban a priori, con Johan Sebastian Bach y Claude Debussy en la primera, y Frédéric Chopin en la segunda, compositores, sin duda, con personalidades musicales muy definidas y diferenciadas, y que, en esta ocasión, nos han resultado más unificados por un enfoque sonoro común, disipándose así peculiaridades individuales.

Beatrice Rana © Simon Fowler
Beatrice Rana
© Simon Fowler

El concierto se inició con la solemne Suite francesa núm. 2, en do menor, de Bach, colección de danzas típicas que se postulan alrededor de una sola tonalidad, y que han de diferenciarse, entre otras cosas, por sus velocidades y sus acentos. Siempre ha sido una de las grandes discusiones averiguar qué tempo requiere cada danza en particular, y cómo se debe acomodar en el contexto de un conjunto, atención esta que puede requerir la modificación de la norma en ocasiones y, generalmente, por motivos discursivos. Esta vez observamos que el enfoque derivaba hacia el tempo vivo general, produciendo una Allemande y una Sarabande más bien rápidas, y una Courante y una Giga vertiginosas. También el Air y el Menuet gozaron de un pulso más bien nervioso. Una gran velocidad, un ataque potente, generoso en fuerza, y un empleo del pedal de resonancia no especialmente contenido, confirieron a la Suite una mayor atención al efecto que al contrapunto, de suerte que los misterios de esta particular estética quedaron menos expuestos. Como siempre pasa en estos casos, unos estarán satisfechos con el enfoque más dinámico de la pianista italiana, y otros habrán echado en falta el mayor rigor idiomático.

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El caso es que, en cierto modo, este particular enfoque se mantuvo más o menos estable a lo largo del resto del recital, con el asociado peligro para la atención y el interés. Los Estudios (Libro I) de Debussy, sin duda uno de los capítulos más interesantes de su producción para piano solo, que explotan asuntos técnicos particulares, quedaron a este respecto magistralmente resueltos. Quien haya intentado trabajar terceras, cuartas y sextas a una velocidad mayor que la moderada sabe bien el esfuerzo que supone que estas suenen limpias y equilibradas. Y sobre esto, todo queda dicho. Beatrice Rana domina este apartado y lo muestra con una soltura y un aplomo inigualable, llevándolo a un límite de velocidad y potencia poco habitual. Otra cosa es que alguien espere que Debussy, por tradición, o por lo que sea, nos suene quedo, melancólico y sugerente; pero en este ejemplo hemos asistido a una visión más interesante en el conjunto, si bien con el consiguiente perjuicio para cada Estudio en particular.

Beatrice Rana © Simon Fowler
Beatrice Rana
© Simon Fowler

Culminó el concierto con obras de Chopin, propinas aparte, comenzando con el magnífico Nocturno op. 48, núm.. 1, también en do menor. Por momentos conectamos con una dimensión expresiva diferente, pausada, melancólica, tal vez atormentada, construyéndose progresivamente a través de la profundidad ofrecida por las octavas y los acordes de la mano izquierda; nos brindó momentos inolvidables en esa irrupción trágica que acontece en el desarrollo de la obra. Posteriormente escucharíamos la segunda Balada núm. 2, op. 36, que alterna entre elementos “contemplativos” y otros de ávido desbordamiento. Claro que para desbordamientos los del Scherzo núm. 3, interpretado con vehemencia y gran velocidad, con severa resolución de todas sus dificultades, pero con poco espacio para identificar las creativas opciones que propone Chopin en su partitura.

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Por si acaso había faltado efectismo y desbordamiento, terminó el recital con una fogosa propina, la adaptación pianística de la Marcha del Cascanueces, cuya melodía siguió resonando en forma de silbidos por las escaleras del auditorio.

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