La más rutilante estrella del firmamento operístico finalmente nos visita en Madrid. Tras dos sonadas cancelaciones previas que habían dejado frustrada a su legión de admiradores, ahora, al tercer día, Kaufmann apareció. El Teatro Real marca así, a duras penas y a modo de recital, esa casilla que le faltaba, imprescindible para un recinto que intenta incansablemente entrar en la primera división de la ópera. El evento, como cabía esperar, tuvo más de acontecimiento social que de hito musical. Las entradas de más 300 euros en patio se encargaron de realizar la criba para que solo lo más exclusivo del club lírico de la capital estuviera presente.

El tenor Jonas Kaufmann durante su recital en el Teatro Real de Madrid © Javier del Real | Teatro Real
El tenor Jonas Kaufmann durante su recital en el Teatro Real de Madrid
© Javier del Real | Teatro Real

La primera parte del concierto discurrió por los senderos del repertorio francés, un ámbito en el que Kaufmann no terminó de convencer. El instrumento de primera categoría, la emisión ancha y su inconfundible color oscuro le proporcionan sus más atractivas bazas, algo que utilizó desde ya en el “Ah, lève-toi, soleil” inicial, donde también mostró otros aspectos menos atractivos: un primer agudo fuera de lugar, esa tendencia a engolar en el centro y cambios de color tras el pasaje. Pero el factor común que le jugó en contra durante toda esta primera mitad fue la falta de flexibilidad para abordar los diferentes registros que el programa requiere. Haciendo gala permanente de un espíritu viril, heroico y transcendente, hasta la fragilidad del pobre Don José en “La fleur que tu m’avais jetée” nos recordaba al rigor de Parsifal. “Le dernier sommeil de la vierge” supuso una excepción, aquí llegaron los momentos de mayor recogimiento y emotividad. La testosterona derramada en el forte final de “Ô souverain” de El Cid no bastó para enloquecer a un público dispuesto, que apenas le aplaudió lo suficiente como para que volviera a salir al escenario tan siquiera una vez.

Lo mejor de la noche estaba por llegar. Y lo hizo categóricamente con el monovarietal del mejor Wagner que conformó la segunda mitad. Entonces los defectos desaparecieron y las virtudes se agigantaron. Hay que destacar que el mérito en esta mejora le corresponde tan solo a Kaufmann. Pocas veces he escuchado la orquesta residente tan perdida y falta de matices, en manos de Jochen Rieder, que dirigió a base de decibelios e ignorando las inmensas posibilidades que ofrece la partitura. Una cabalgata que pareció tener una sola voz en las cuerdas y pifias en los metales marcaron el tono.

Pero lleguemos por fin a lo indiscutiblemente positivo. Kaufmann traía su Sigmund fresco, recién transportado desde el éxito que ha tenido en el Anillo de Petrenko en Múnich. Sabe bien que Wagner no se grita, y ni siquiera se canta a plena potencia la mayor parte del tiempo. Transmitió la grandeza y emoción a través de unas medias voces medidas e hiperarticuladas y esa manera tan personal que tiene de llenar de aliento los pianos. Pero también funciona a plena potencia, como demostró en esos “Wälse” de casi 15 segundos que confirmó al auditorio tener delante a uno de los grandes.

Su canción del premio de Los maestros cantores se llenó de orgullo ufano y un amor al arte expresado con impactante honestidad. En Lohengrin demostró finura en la heroicidad y una dosis de expresividad memorable –el tiempo se paró en ese calderón en la palabra “Taube”, tantas veces infrautilizado.

Kaufmann tenía el concierto ganado de antemano, como demuestra que sus admiradoras le entregaran, no solo los tradicionales ramos de flores, sino bolsas enteras llenas de regalos e incluso alguna carta primorosamente empaquetada. Lo nunca visto. Mi fantasía traviesa me hace sospechar la presencia de los mejores productos ibéricos en los paquetes y alguna declaración deliciosamente pacata en la misiva. Así amamos a los ídolos, lo merezcan del todo o no.

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